martes, 21 de abril de 2009

El ministro de economía no debería ser un funcionario



No es lo mismo dedicarse a la biología molecular que ejercer de veterinario o de cosmólogo o de hombre del tiempo. Los funcionarios, en cambio, tienden a olvidarse de que su preparación es más idónea para determinadas funciones que para otras. Hubo algunos que fueron excelentes ministros de Justicia. Y de Defensa. Y de Transportes. Y de Educación. Pero hay una especialidad –la verdad es que sólo conozco una– que debería estar vedada a los funcionarios. Forzosamente lo tienen que hacer rematadamente mal –aunque sean buenos profesionales–, por las siguientes razones.

La economía funciona bien o mal según la fase del ciclo económico: expansión, estancamiento y recesión. Los periodos en que se suceden estas fases varían, pero ¡haberlas, haylas! Y si no que se lo pregunten a los millones que ahora se han quedado sin trabajo. La teoría y práctica de los ciclos económicos ha sido una de las cuestiones más estudiadas en economía. Y la política económica que se aplica depende de la fase del ciclo. Casi nada depende del ministro de Economía; sobre todo, desde que existe una política monetaria y un Banco Central Europeo.

El problema sigue siendo el mismo que hace cien años: de pronto, el nivel de precios e ingresos de un país se dispara con relación a los demás. ¿Qué hacer en estos casos? Nivelarlos de nuevo alterando el tipo de cambio o bien –si no puedes devaluar porque formas parte de una unión monetaria– comprimir lisa y llanamente el nivel de precios e ingresos: restricciones crediticias, fiscales y paro, hasta que el nivel de precios e ingresos de los demás se pongan a tu altura. Los economistas llaman a eso ‘proceso de ajuste’.

Los ministros de Economía no pintan nada. Hace unos años podían decidir si devaluaban o bajaban los tipos de interés. Hoy, esas cosas las deciden las uniones monetarias. Los ministros y los presidentes de Gobierno tienen que ir repitiendo a los cuatro vientos que la culpa es de los demás países y que la solución vendrá de su éxito a la hora de convencerlos para que tomen las decisiones adecuadas. ¿De qué sirve ser muy buen funcionario en un contexto tan internacionalizado?

La segunda razón por la que un buen funcionario no debiera ser ministro de Economía es que en política y en diplomacia es muy importante saber esperar su momento. Pero en la vida económica lo más importante es anticiparse a los acontecimientos. Esperar un minuto de más, puede suponerle al inversor perder todos los ahorros. Hay que haber vivido momentos como ése para ser ministro de Economía. Muchos empresarios los han experimentado. Un buen funcionario no sabe lo que es perder una fortuna por no actuar a tiempo. Y siempre llegan demasiado tarde porque sus activos nunca se vieron mermados por no darse cuenta a tiempo de lo que iba a ocurrir.

Por último, la política supone intuir y conocer a las personas; saber predecir su comportamiento; calibrar los resortes altruistas o, por el contrario, egoístas de la gente que nos rodea. Un buen político, como un buen funcionario, debe contar con un buen olfato para repartir a cada uno lo suyo. En economía ocurre exactamente lo contrario y por ello nunca debería nombrarse a un buen funcionario ministro de Economía. La economía supone manejar la política monetaria y para que funcione debe ser indiscriminada y automatizada. Cuando los tipos de interés suben, suben para todo el mundo. De lo contrario, alguien está haciendo trampa; la eficacia de la política monetaria depende de que ningún ministro acostumbrado a interferir interfiera.

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